Nuestra Señora de las Virtudes

Nuestra Señora de las Virtudes

Francisco Palau, nuestro Fundador, tuvo una singular devoción a la Virgen María, bajo la Advocación de Nuestra Señora de las Virtudes; para él, guiar al hombre por el camino de la virtud, se convirtió en pasión y compromiso, de allí, que contar con la Reina de las Virtudes en todos sus cometidos, era fuerza y sostén. Creó una Escuela, “La escuela de la Virtud”, areópago desde el cual pudo desarrollar su perfil de predicador y guía espiritual; para la formación de laicos y de las religiosas dirigidas y fundadas por él, también escribió, basado en otros autores, el Catecismo de las Virtudes, y de este mismo estilo, el Mes de Mayo, dedicado a María y con ella, resaltando las virtudes que nos acercarán cada vez más a la unión íntima con la Iglesia.

De ahí, que para nosotras tenga tanta fuerza, tomar como patrona de esta nueva Provincia a Nuestra Señora de las Virtudes; escuchemos uno de los tantos ecos de Palau, para referirse a Ella:

Tú conoces la historia de la imagen de Nuestra Señora de las Virtudes, que en Barcelona presidió nuestras apologéticas discusiones en el gran templo de San Agustín. Pues bien, dicha Virgen me acompañó en mi destierro, le dediqué una capilla pública en un sitio muy pintoresco, y entre fuentes, jardines y flores le dediqué un trono.

Estos isleños, atraídos por ella con las gracias y favores que dispensa, corrieron de todas partes a obsequiarla, y es en campaña el sancta sanctorum donde acuden en las necesidades a pedir socorro y auxilio. El sábado, vigilia de la conclusión, amaneció con la presencia de la Reina de las Virtudes entronizada sobre el altar: su presencia causó una sorpresa en la ciudad tan agradable y consoladora, que no puede describirse:

En la función de la noche toda la ciudad fue recibida para besar sus augustas manos, y el domingo terminaron los ejercicios con una comunión general tan concurrida, que no hubo más medio que, concluida la misa, hacer salir los que comulgaban por las puertas de la sacristía para dar entrada a los que no cabían en la iglesia.

Ganada así la capital, no con fuerza de armas sino por amor, nos faltaba dirigirnos a los pueblos. Nuestra Señora de las Virtudes se había ya constituido en su destierro señora, reina y madre de todos los campesinos, y ella los tenía ya vencidos y esclavos de su amor; y saliendo del mencionado templo a las doce del domingo, nos dirigimos a las parroquias donde se habían perpetrado los delitos consignados en mi anterior. En su marcha se ofrecieron a ser guardias de honor todos los jóvenes de la ciudad que se disputaban la dicha de llevar sobre sus hombros su trono: la ciudad entera seguía, pero al llegar afuera dispuse se arrodillara la gente; volvió la imagen su vista hacia la multitud para darles la bendición.